Compendio Histórico –
Descubrimiento y colonización de la Nueva Granada.
Coronel Joaquín Acosta.
© Derechos Reservados de Autor
Descubrimiento y colonización de la Nueva Granada.
Coronel Joaquín Acosta.
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO VIII
Pronto se hicieron, sin embargo, sentir las influencias de la escasez de alimentos, del desabrigo en que forzosamente vivían las tropas del Adelantado, alojadas la mayor parte en tiendas de campaña, y de la impresión moral que producen el desengaño y las esperanzas burladas. Picó con fuerza una epidemia de disentería de que comenzaron á morir muchos, durante la cual se ejercitó la caridad del Adelantado Lugo, el cual visitaba á los enfermos, y por auxiliarlos se privaba de cuantas provisiones delicadas había reservado para su uso particular, quedando sujeto á la ración de los demás.
Con el fin de sustraer la gente á esta epidemia, y con el de procurarse ocupación, alimentos y algún oro para pagar los fletes de los buques, se determinó el Adelantado á emprender una expedición tierra adentro, con la mayor parte de la gente útil; dirigiéndola al lado de Bonda, cuyos habitantes se habían hecho temibles á los vecinos de Santa Marta. Salió en efecto D. Pedro de Lugo con cerca de mil hombres, y guiado por los Capitanes Céspedes, Cardoso, Villalobos, San Martín y Manjarrés, oficiales los más antiguos y más prácticos en aquellas entradas. No lo estaban ya menos los indios para escoger los sitios que les ofrecían más ventajas, por tanto la refriega fué obstinada en la defensa del pueblo principal que habían asentado los bondas entre riscos. Así fué que hechos los inútiles requerimientos atacaron con brío los españoles, mas no lograron apoderarse del lugar sin haber perdido siete hombres y varios heridos, entre ellos gravemente el Capitán Tapia. Era tal el coraje de los indígenas, que cuando se les acababan las flechas se servían de los arcos como de armas contundentes. Nada hallaron de provecho los vencedores en el pueblo, pues á prevención traspusieron los Bondas sus haberes y familias, y desde otros riscos más elevados desafiaban á los españoles, por lo cual irritados estos, incendiaron este pueblo y siete más en los valles de Coto ó Cueto y Valhermoso.
Tomó el Adelantado á Santa Marta con los heridos, de los cuales algunos murieron en medio de las más terribles convulsiones, y ordenó á su hijo que continuase el castigo de aquellos habitantes. El Capitán Suárez marchó por la sierra, y D. Luis de Lugo por la costa hasta San Juan de Guía. Suárez fué recibido de paz por los indígenas de Bondigua, cuyo número era corto, y de allí se dirigió á Chairama, cuyos habitantes se defendieron con la misma obstinación que los de Bonda, arrojando grandes piedras por las cuestas por donde subían los españoles, y quemando ellos. mismos sus casas para flechar los invasores, cubiertos con el humo y las llamas, de modo que no hallando recursos pasaron al pueblo de Quiñones no sin combates y fatigas por tan áspera tierra. En este pueblo hallaron algún maíz y pernoctaron, pero pretendiendo retirarse á lo llano, dieron en una celada de los indios tan bien establecida, que antes de poderse valer de sus armas, quedaron mal heridos treinta y ocho españoles. Con esta pérdida se reunieron en San Juan de Guía con don Luis de Lugo, el cual estaba resuelto á no volver á la ciudad sin llevar algún botín.
Determinóse a entrar por las orillas del río de Don Diego hasta la sierra de Tairona, en la cual se habían refugiado, decían, dos caciques hermanos, Marubare y Arobare, hostigados de las correrías de los españoles por la costa de la Ramada, en donde antes vivían. Cercaron el pueblo, que estaba situado en un rincón retirado de aquellas montañas sobre una alta roca, y al amanecer dieron sobre estos fugitivos, que se defendieron valientemente, pero al fin fueron hechos prisioneros, y lo que más contentó á los castellanos, hallaron como quince mil castellanos de oro en adornos de toda especie, con lo cual bajaron después aquel peñon con mucha dificultad por ser uno de los lugares más ásperos de cuantos hasta entonces habían visto. (4)
Bajaron luego los castellanos á la costa, y luego siguieron su marcha hacia la Ramada, no hallando alma viviente, por haber desamparado los indios sus casas, aunque en algunas removiendo la tierra hallaron algún oro. En tierra de los Guanebucanes vieron un buhío espacioso en que había muchas figuras humanas de madera toscamente labradas, hincadas en la tierra por la extremidad inferior, que creyeron ser las imágenes de los caciques ó señores que habían vivido en tiempos anteriores.
Por falta de víveres determinaron dividirse en dos secciones. La una mandada por D. Pedro Portugal, siguió por la costa de la Goajira, aunque fué vana la diligencia, pues los indios tenían demasiada experiencia para tener sus casas y provisiones por aquella costa expuesta á todas las incursiones de los que todavía andaban robando á pesar de las prohibiciones del monarca español. Habrían perecido de necesidad sin el casual encuentro de un buque que los socorrió con algunos sacos de cazabe.
Separándose después hacia la cordillera hallaron algunas sementeras de yucas boniatas, é ignorando que esta raíz no puede comerse sin haberla desaguado, se hartaron de tal manera, que perdidos y atascados en una ciénaga sin poderse valer los unos á los otros, perecieron miserablemente cuarenta y siete hombres. Dióse orden para emprender la retirada á Santa Marta, adelantándose D. Luis de Lugo con el oro del botín que debía poner en manos de su padre para distribuirlo, después de satisfacer los fletes de los buques que aguardaban en el puerto. Mas este noble mancebo estaba ya cansado de las Indias, y prefirió, pagando á su padre con negra ingratitud, embarcarse secretamente para España con el oro recogido, dejando al Adelantado en los mayores embarazos. Fuese un buque persiguiéndole, y se envió un oficial con todos los documentos necesarios, y una representación del Gobernador al Rey pidiendo su castigo, mas todo en vano, porque aunque lo redujeron á prisión, logró por último sincerarse, pretendiendo la malicia de los contemporáneos que había corrompido á los jueces con parte del oro mismo que se le demandaba.
En tan graves circunstancias no podía permanecer en la inacción el Adelantado, ni las calenturas que dominaban en la ciudad, y de que moría mucha gente, le permitían dejar ociosos á sus soldados. Reunió pues el consejo de los Capitanes, y en él se decidió que la única jornada que ofrecía probabilidades de buen suceso, era la de buscar los nacimientos del río Grande dé la Magdalena, puesto que en las demás direcciones se hallaban, ó las tierras de Venezuela, ó las de la provincia de Cartagena. Con el fin de asegurar el suceso de esta expedición, en cuya buena suerte se iba á librar la de la Gobernación de Santa Marta, y la ventura de los que todo lo arriesgaron por acompañar al Adelantado, se comenzaron á labrar algunas embarcaciones de cubierta que llevaran por el río los equipajes, los que adolecieron y no pudieran seguir la marcha, y sirviesen también para explorar las dos orillas, buscar provisiones y pasar las tropas etilos caños y ciénagas en donde en otras ocasiones se habían sufrido retardos y aún pérdidas considerables de españoles, que los caimanes devoraban cuando pretendían vadear los ríos que desembocan en el Magdalena.
De la elección del jefe también podía depender el buen resultado de la jornada, y aunque había muchos oficiales capaces de dirigirla, se temía acaso que los demás llevaran á mal la elección de un caudillo entre tantos iguales. El Adelantado hizo esta vez una elección que prueba su buen juicio y el conocimiento que de los hombres poseía. No escogió, pues, ninguno de los militares, á fin de no descontentarlos y provocar la insubordinación; el nombramiento de su Teniente General recayó en un letrado prudente y bien quisto de todos, en el justicia mayor Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, quien comenzó su carrera militar mandando ochocientos hombres en una jornada de descubrimiento de las más trabajosas y delicadas que se han emprendido en América.
Como jefe prudente y audaz al mismo tiempo, Gonzalo Jiménez de Quesada correspondió plenamente á las esperanzas del Adelantado; como amigo y. subordinado, su conducta es vitupeble y la juzgaremos á su tiempo con la inflexible justicia que demanda la historia, por más que se trate del más ilustre de los descubridores de Nueva Granada. El título expedido, según lo trae Fray Pedro Simón, decía así:
«Don Pedro Fernández de Lugo, Adelantado de las islas Canarias y Gobernador perpetuo de la ciudad de Santa Manta y su provincia por Su Majestad.
«Por las presentes nombro por mi Teniente General al licenciado Jiménez, de la gente así de á pié como de á caballo que está aprestada para salir al descubrimiento de los nacimientos del río Grande de la Magdalena, al cual dicho licenciado doy todo poder cumplido según que yo lo he y tengo de Su Majestad, y le mando que no vaya ni pase en cosa alguna de los capítulos susodichos, sino que en todo y por todo se cumplan por la forma y manera susodicha so pena de la vida y perdimiento de todos sus bienes para la cámara y fisco de Su Majestad; y mando á todos los Capitanes, caballeros y á toda la otra gente de guerra que fuere á la dicha entrada, que lo obedezcan y acaten como á mi Teniente General de mi armada so la dicha pena al que lo contrario hiciere. El cual dicho poder vos doy con todas sus incidencias y dependencias. Fecho en Santa Marta á primero de Abril de mil quinientos treinta y siete años.— El Adelantado. (5)
La fecha de éste documento parece equivocada, pues la expedición se verificó el día 6 de Abril de 1536, saliendo el General Quesada con setecientos hombres por tierra y ochenta caballos, y con él los Capitanes Juan del Junco, que debía suceder en el mando por falta de Quesada, Gonzalo Suárez Rondón, Juan de Céspedes, Juan de San Martín, Valenzuela, Antonio Lebrija y Lázaro Fonte, y en cinco botes por el río, bajo las órdenes del Capitán Urbina, Córdoba, Manjarrés, Chamorro y Ortún Velásquez, y como doscientos soldados y marineros.
Antes de referir lo que pasó en esta memorable jornada, será preciso mencionar otras dos emprendidas simultáneamente hacia lo interior de Nueva Granada, aunque partiendo de puntos muy distantes. Sus caudillos ignoraban completamente, no solo que sus esfuerzos eran convergentes al mismo punto, sino hasta su misma existencia, por falta total de comunicaciones entre los lugares que servían de escala para los descubrimientos, y esta narración, que no carece de interés, será el objeto del capítulo siguiente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario